Son las primeras horas del 2013. Los automóviles corren raudos hacia donde haya diversión. El metro, solitaria y luminosa serpiente de metal, surca veloz las vías, con pasajeros deseosos de abrazar a sus seres queridos.
Mientras todos celebraban la llegada del Año Nuevo, la Luna, sin mayor algarabía, iluminaba las inquietas calles de Santiago.