martes, 1 de abril de 2008

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María.

Cuando niño viví un tiempo en la casa de mi abuela materna. Una mañana, llegó mas temprano que de costumbre, Felicia. Ella repartía el pan en su coche tirado por un caballo.
Felicia había ido a la cordillera con su familia y encontraron un polluelo de águila. Se lo traía de regalo a mi abuela.
Al fondo de la casa existía un gallinero. Contiguo a el, se implementó un nido para la recién llegada. Se le procuró alimentación adecuada y, además, un nombre: María.
María fue creciendo. Daba gusto mirarla correr por el patio. Un día comenzó a aprender a volar. Era maravilloso verla desplazarse por los cielos y después retornar a su nido.
Sin embargo, por las cosas propias de su esencia, se transformó en un águila adulta.
Y comenzaron las quejas de los vecinos. Sus gallineros estaban siendo diezmados por María.
En ese tiempo la palabra ecología y todas sus implicancias nos eran desconocidas.
Mi abuela cortó por la parte practica, y actuó conforme a las reglas sociales de la época.
Ese día, cuando llegué de la escuela, a la hora de almuerzo nos servimos una cazuela, estaba deliciosa, con una blanca carne de ave. Todos la disfrutamos. Era exquisita.
Noté que había como un aura de secreto en el ambiente.
Terminado el banquete, fui al patio a jugar con María. No la pude encontrar. Nunca mas la vi.
No había rastro alguno, salvo unas plumas parecidas a las de ella en un rincón de la cocina familiar....
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